El agua como regalo, como símbolo de reconciliación con lo natural, con lo austero y minimalista, pero sobre todo icono de vida y metáfora de que todo fluye y que jamás podremos bañarnos dos veces en el mismo río. El líquido elemento purificando un duro año de experiencias, emociones y trabajo que nos nivela la balanza entre lo que se tiene que hacer y lo que nos gustaría hacer. A juzgar por la imagen el balneario es natural, sin adaptaciones artificiales que resten credibilidad al disfrute, donde la prisa no tiene cabida y solo vivir el presente está en armonía con la paz que se intuye en el bañista. Por momentos como este merece la pena buscar y experimentar, pues por muy duro que sea el camino nos ratifica que siempre habrá un lugar donde descansar, donde perderse, donde poder encontrarnos con nosotros mismos y poder justificar que estamos en el lugar del mundo elegido. Queremos pensar que a esta escena no llega cualquiera, sino solo aquellos que hacen de su vida un proceso de respeto con el entorno que le acoge. Un camino de trabajo personal y maduración que desemboca en asumir y entender que hombre y entorno no pueden darse la espalda y que solo respetando y cuidando aquello que nos da vida y esperanza podremos seguir disfrutando nosotros y las generaciones que nos precedan. Imagino que cuando la vida se nos torne en voraz apisonadora que nos imbuye en su versión más perversa, siempre podremos cerrar los ojos y transportar nuestra mente hacia aquellos escenarios que realmente nos hacen estar en consonancia con nuestro más profundo ser y donde las pozas nos recuerdan que son angosturas donde no siempre lo deseable es salir, sino lugares a los que siempre merece la pena volver.
Toño Villalón

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